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   Eyid… despierta, Eyid. Abre tus ojos negros y sonríe. Si escuchas con atención podrás oír una vez más las palabras que susurra el viento en la dulce lengua hassanía. Bajo la palidez de la blanca luna, contemplarás la sensual danza que las dunas bailan para ti al ritmo de los tubals. Sal de tu jaima, Eyid, deja que la noche del desierto acaricie una vez más tu piel morena y te libre de la arena y cansancio del camino. Escucha con atención, hijo de los Ulad Delim, pues en la voz de esta noche has de encontrar tu senda. Aquella que sólo tú puedes recorrer. Eyid…

   Sobresaltado despertó de otro sueño plagado de pesadillas. La voz había venido a él una vez más. Una vez más la quemazón en su garganta seca regresaba con el despertar. Apenas logró incorporarse y cubrirse con su darraa y turbante. Se sentía muy débil. Hacía ya cinco días que había agotado sus víveres y dos días habían pasado desde que apuró el último trago de su buche. Salió de la jaima y dejó que el sol del Sáhara abofeteara su tambaleante caminar. Su yamal levantó la cabeza al verlo. Se le acercó y le acarició el cuello y la alta joroba, susurrándole palabras en la lengua de su tribu.
El tiempo y el espacio habían perdido todo significado. ¿Cuánto hacía ya que había partido? Los días se sucedían como si fueran el mismo. Sannad le había proporcionado comida y agua más que suficientes para su travesía, pero los había agotado sin haber tan siquiera llegado a su destino. ¿Cómo era aquello posible? Conocía las montañas del Tiris como la palma de su mano, era imposible que estuviera perdido. Sin embargo el desierto se extendía inabarcable a su alrededor, sin rastro alguno del Lembeidí.

   Recogió el campamento y reanudó la marcha.
   La debilidad pronto hizo mella en su ánimo y dejándose mecer por el paso de su montura, su mente regresó a la jaima de Sannad. Paladeó una vez más el sabor fuerte y refrescante del té mientras escuchaba atentamente las palabras del patriarca de su tribu. «Hemos viajado hasta la región de Adrar en la travesía más triste, Eyid. Todos los pozos están secos, los ríos moribundos, y osamentas blancas de camellos ancladas en la arena salpican nuestro recorrido. Alá está enojado con nuestro pueblo si nos niega la ayuda de sus ángeles y permite a los malignos Jina torturarnos con estas terribles tormentas de arena que nos azotan una y otra vez. Alá, el clemente, el compasivo no atiende nuestras plegarias». «¿Qué hemos hecho para haber ofendido tanto a nuestro Dios, Sannad?» «Bahrum, bendito de Alá, ha tenido un sueño. Ha visto a nuestros descendientes vender la península del Río de Oro a gentes extranjeras por unas monedas de plata. Asegura que sólo un gran sacrificio nos reconciliará con nuestro Dios misericordioso. Eres nuestro mejor guerrero, Eyid. Debes iniciar la larga travesía del desierto hasta la cumbre del Leimbidí. Allí deberás rezar a Alá hasta que en su piedad te dé alguna señal de que ha aceptado nuestro arrepentimiento».

   Eyid… El camino de regreso se encuentra ante ti, guerrero del desierto, empréndelo sin más demora… Eyid…

   Abrió los ojos lentamente. Sintió la arena en su boca seca mezclarse con una saliva cada vez más pastosa. Estaba ardiendo. ¿Dónde estaba su yamal? Se incorporó y oteó con dificultad alrededor. Mirara donde mirase agrestes llanuras se extendían hasta el horizonte. Su dromedario le había abandonado. Exhausto y desesperado descansó su cabeza en la arena.
Otra vez aquella voz. ¿Por qué le torturaba incansablemente? Muy a su pesar nunca podría emprender el camino de regreso. Sin su montura ya nunca lograría llegar a su destino ni cumplir la tarea que le habían encomendado los suyos. Había fracasado. Tanteó su costado hasta encontrar su daga de hoja curva. Apenas le quedaban fuerzas para levantarla. Observó la piel de su propia mano empuñando el filo, como si fuera la de otra persona. Estaba enrojecida y pequeñas ampollas salpicaban toda su superficie. Sus últimas fuerzas le servirían para poner fin a su vida indigna y ahorrarse una lenta agonía llena de sufrimiento. Acercó la hoja a su vientre, cada vez más hinchado.

   Eyid… ¿puedes ver las hojas de las palmeras mecerse suavemente con la brisa? Es día de mercado, y bellas muchachas de ojos brillantes pasean envueltas en sus mejores melhfas entre los puestos de comida… háblame Eyid, mírame con la alegría de los días antiguos y dime que vuelves a estar con nosotros… Eyid…

   Alguien detuvo su brazo y con dulzura le arrebató la daga. Sus ojos cansados se abrieron una vez más para ver el rostro que se interponía entre él y la esfera ardiente que lo devoraba. Sintió la suavidad de unos labios en los suyos. Un rostro borroso le miraba a escasos centímetros, unas facciones que poco a poco fueron dibujando la sonrisa de Zahra. Los ojos de mirada esmeralda de su amada le contemplaban en silencio llenándole de paz y reposo.

«Zahra»

   Recordó el tacto de su vientre de terciopelo la primera noche en que yacieron sobre las arenas del desierto. Recordó el sonido de su risa, romper el manto de silencio que les envolvía bajo un palio de estrellas. Recordó el olor a especies y flores de la joven piel saharaui que recorrió a besos.

«Zahra»

   Recordó las lágrimas en sus hermosos ojos el día que partió, el instante preciso en que sus dedos se separaron y su promesa: «Volveré a tu lado y conmigo volverá la vida a nuestra tierra. Volveré y veremos crecer a nuestros hijos en una tierra verde henchida de frutos».

«Zahra»

   Su mujer movió lentamente los labios pronunciando palabras que no nacían de su garganta.

   Eyid… Ha llegado el momento de regresar. Mi vida, mi sangre. Levántate y emprende el camino de regreso con los tuyos. Te echo tanto de menos, Eyid…

   La voz. Aquella no era la voz de Zahra aunque le hablara con ella. Una vez más sintió los labios de su esposa posarse en los suyos. Por última vez.

   —¡Alá misericordioso! ¡Doctor! ¡Doctor! ¡Eyid ha despertado!

  Mientras el doctor y las dos enfermeras hablaban y examinaban a su hermano, Kaltum no podía dejar de llorar de felicidad y elevar agradecimientos a su Dios, a quien no había dejado de rezar ni uno solo de los casi dos años años que Eyid llevaba sumido en aquel estado. Tantos como habían pasado desde el día en que las tropas marroquíes y mauritanas atacaron su campamento. El día en que Eyid fue disparado al intentar evitar la violación y muerte de su esposa Zahra a manos de tres soldados. Aquel aciago día empezó su travesía por tierras extrañas, la larga travesía que ella siempre había intentado guiar con dulces palabras que nuca tuvo la certeza que él pudiera escuchar.
Su pueblo, antaño libre y orgulloso, vivía ahora confinado en campos de refugiados como aquél y dependía de la limosna de las naciones poderosas. Su lucha distaba mucho de haber terminado, pero ella sabía que del mismo modo que Eyid había logrado regresar, algún día los hijos del viento volverían a ser libres.


© Enric Herce Escarrà

 

Ilustración: Enric Herce Escarrà