El
cartel de madera se mecía suavemente emitiendo un
lastimero chirriar. Las grafías que lo cubrían
rezaban: “Sigmundo Frost. Psicología dragonil”.
En la penumbra del estudio, Sigmundo tomaba
notas apresuradas mientras en un enorme diván, un
dragón rojo iba desgranando sus recuerdos tortuosos.
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—…la
cosecha había sido un desastre y los aldeanos apenas
podían ofrecerme comida a cambio de mi protección.
Durante siglos habíamos mantenido en paz este pacto
y nos había ido bien. El equilibrio se había
mantenido de forma armónica durante todo aquel tiempo.
Ellos se sentían protegidos y yo era feliz de ser
útil y tener la panza bien llena. Ningún señor
feudal se atrevía a exigirles tributo alguno pues
yo ahuyentaba cualquier acercamiento de sus soldados con
un par de aleteos y un poco de fuego. Pero las cosas se
empezaban a poner feas. Soy un dragón pacífico
y vegetariano y no me gusta la violencia, pero la nueva
situación me empujó a la desesperación
y lo hice. Sí, lo confieso. Me porté como
un auténtico hijo de mala dragona y los chuleé.
Rapté a la hija del alcalde y les aseguré
que me la zamparía a menos que me siguieran dando
mi ofrenda mensual. |
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—¿Qué
sucedió entonces Reykoon? —preguntó Sigmundo
anotando “sentimiento de culpa” en su bloc.
—Me pagaron mi cesto de verduras y hortalizas
y liberé a la muchacha. Pero al cabo de dos meses la historia
se repitió. Tuve que raptar a otra doncella. Entendí
que ya nada volvería a ser como antes. Cualquier equilibrio
es frágil y el de nuestra pacífica convivencia se
había estropeado irremisiblemente.
—¿No pensaste en buscar otra aldea
que proteger?
—No quedaba en la comarca ninguna libre.
Algún otro dragón o señor feudal se las habían
agenciado antes y yo ya tengo una edad, para que engañarse…
tras siglos en la zona no quería ni podía cambiar
de hábitat.
—¿Qué sucedió entonces?
—Ya llevaba raptadas cuatro doncellas
cuando apareció él. Un tipo fornido montado en un
blanco corcel de largas crines marrones. Lucía una armadura
imponente de esas que aparecen en las pesadillas de cualquiera
de mi raza con un yelmo coronado por un plumón morado.
Lanza en ristre lucía en su escudo una mujer desnuda insinuándose
a un muchacho que le daba la espalda en actitud de rezo y la mirada
piadosa perdida en las alturas. Me amenazó. Me dijo que
o bien soltaba a la doncella o me mataría. Me bastó
una llamarada discretita para tirarlo de su montura y hacerle
perder los papeles. Sin yelmo, con la lanza rota y su escudo abollado,
su ánimo ya no era tan firme. “Bueno”, me dijo,“no
hay porque sacar las cosas de quicio. No quiero chafarte el negocio”.
Entonces paró cuenta en la presencia de la doncella que
curioseaba desde la entrada de mi hogar y la instó a meterse
en la cueva para no ver cosas desagradables. Ya sin moros en la
costa prosiguió: “cada uno se gana la vida como puede…
pero aquí hay negocio para los dos chavalote”. Yo
le objeté que apenas quedaba comida y el repuso “no
es comida lo que yo quiero. La hija del alcalde está como
un queso y es el gatillazo perfecto. Si les hago creer que les
he librado de tu amenaza la tendré en el bote y el papá
me la cederá en bandeja”. Yo protesté que
entonces ya no me darían mi cesto de comida y él
dijo “En absoluto. Les diremos que te he derrotado pero
que tenerte a nuestro servicio es un lujo que podemos permitirnos.
Seré yerno del alcalde amigo, tendré influencia,
podré conseguir que te den de comer a cambio de protección”.
Yo le dije que ese trato ya lo teníamos antes y que no
entendía que ganaba yo con todo aquello. Su respuesta fue
tajante: “te aseguro que si yo parto vendrán otros
caballeros más diestros en combate. Tal vez derrotes a
unos cuantos, pero ya no eres joven dragón, tarde o temprano,
perecerás. Te juro por el férreo código de
honor de la Orden de los Castos Mozalbetes que no serás
maltratado, ni humillado, y que esta misma noche volverás
a dormir en tu cueva sano y salvo con el estómago lleno”.
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Sabía
que aquel tipo no era de fiar, pero sus palabras estaban llenas
de razón. Él era un inútil, pero tarde
o temprano alguna lanza terminaría por atravesarme
el corazón. Me había jurado por el código
de honor de su orden que respetaría el trato y yo sabía
que aquello era sagrado, así que le correspondí
haciendo lo mismo por los dos preceptos del secreto código
de honor de mi raza: nunca matar a otra criatura y nunca ingerir
carne alguna. Sellamos el pacto con un apretón de manos,
bueno, en realidad con un apretón de una de mis garras
entre sus dos manos.
Fuimos recibidos en la plaza del mercado
de la aldea por todos sus habitantes entre vítores
de alegría. El caballero sonreía, se dejaba
querer y saludaba victorioso, yo, cabizbajo, me dejaba llevar
por una ridícula correa que me había atado al
cuello.
“Queridos
habitantes de la aldea de Paakita”, dijo él,
“la bestia ha sido derrotada y vuestro sufrimiento y
penurias ha llegado a su fin”. La multitud coreó
el nombre del caballero y le aplaudió a rabiar mientras
hacían la ola. Muchos empezaron a lanzarme entre insultos,
verduras y hortalizas, las mismas que se suponían tan
escasas y que eran preciosas para mi subsistencia.
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“Ha sido una lucha titánica
digna de los cantares de gesta”. Desde el balcón
del ayuntamiento la hija del alcalde miraba arrobada
al caballero, realmente la tenía en el bote.
“Hemos luchado sin cuartel durante horas y el
maldito dragón ha intentado derrotarme con tretas
tan malignas como inútiles…” La gente
cantaba “oé, oé, oé”
y el caballero se envalentonaba más y más
“este ser lastimoso que no merece la existencia,
este ser patético sin honor alguno…”
Me enfurecí. Estaba insultándome, vejándome
y rompiendo nuestro pacto. “...este casposo bicho
alado ha aprendido hoy lo que es someterse a mi poder…”
Apenas fui consciente de lo que hice. Una exclamación
de horror se elevó por toda la plaza y el cuerpo
sin cabeza del caballero cayó de rodillas sobre
el embaldosado de la plaza. Sentí el repulsivo
sabor de la sangre en mi boca y contemplé como
toda la aldea miraba aterrorizada la macabra prominencia
en mi mejilla derecha. Comprendí que nunca más
confiarían en mí y por si fuera poco acababa
de romper el primer precepto de nuestro código
de honor. Me acababa de convertir en un dragón
maldito que había mancillado el honor de los
míos para siempre jamás. El dolor que
en aquel momento asaltó mi alma fue mil veces
más desgarrador que el que todas las heridas
que me habían inflingido a lo largo de mi vida
juntas.
—¿Qué hiciste
entonces? —preguntó Sigmundo mientras anotaba
“irritabilidad” y “autodesprecio”
.
—Deseaba escupir el cabezón
del caballero, apenas podía aguantar las arcadas,
pero sabía que el hacerlo sólo empeoraría
las cosas…
—¿Y entonces?
—Entonces —dijo Reykoon
sin lograr contener el llanto—, rompí el
segundo precepto.
© Enric Herce Escarrà
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