Durante algunos segundos, una luz cegadora llenó el firmamento
y el fragor del trueno retumbó entre las paredes de piedra.
El cable, que bajaba desde las alturas hasta la mesa camilla,
crepitó rebosante de la carga que conducía. Rayos
eléctricos iluminaron la esfera de energía con
un brillo cegador, al tiempo que el resto de luces perdía
intensidad hasta casi apagarse. Bajo la sábana, el cuerpo
se convulsionó espasmódicamente reaccionando al
chute de kilovatios que estaba recibiendo.
En un suspiro todo había terminado. Los únicos
vestigios de lo que acababa de suceder eran cierto aroma a pan
horneado en el ambiente y la tenue humareda que desprendía
la sábana.
Con impaciencia, el eminente pastel de moras, doctor
Von Blackberrein bajó la palanca del interruptor y se
quitó las gafas protectoras. Se acercó hasta el
centro de la estancia y levantó la sábana.
Horrorizado, se llevó ambas manos al relleno.
—¡Santa Lionesa! ¡La he carbonizado!
—bramó cayendo sobre el embaldosado incapaz de
apartar la mirada de los restos sin sepulcro de la que fuera
su prometida, Isabelita, la magdalena más exuberante
del pueblo y que su experimento había reducido a una
masa amorfa y negruzca.
Su fiel asistente, Igor, el cruasán jorobado,
se acercó cojeando hasta él. Estuvo a punto de
informarle que llamaban al timbre, pero el sentido común
le dictó ir a abrir sin molestar a su señor, que
ya tenía bastante con lo suyo.
Igor
no podía dar crédito a lo que veía. Le
habían hablado de técnicas agresivas de marketing
pero aquella se llevaba la palma. ¿Dónde debía
andar escondido el vendedor? Sobre el felpudo no había
más que una reluciente cafetera.
«Seguro que se trata de un señuelo.
Si intento cogerla me asaltará y me intentará
endosar una colección de tuperwares», se dijo suspicaz
mirando a todos lados.
—Hola, ¿qué tal? —dijo
la cafetera estirando en su dirección algo parecido a
un bracito metálico—. Soy Azkoyen.
Igor le estrechó la mano con cautela.
—Ho-hola, muy buenas —logró balbucir
intentando ver algo por debajo de la tapa.
—Perdone las molestias buen aldeano, pero
he tenido un problemilla con mi medio de transporte y me preguntaba
si podría darme cobijo en su pintoresco castillo por
esta noche.
—Bueno… debería consultarlo con
mi señor… —logró responder dirigiendo
una fugaz mirada al sombrío interior.
—Entiendo sus reservas, pero supongo que le
bastará saber que soy un bebo del planeta Rinconia para
desechar cualquier duda.
Igor puso la misma cara que si le hubieran dicho que se encontraba
ante un Armazujo del planeta Arriquitaun.
—¿Qué sucede? —dijo a
sus espaldas el doctor Blackberrein. Tenía un aspecto
horrible.
—Verá señor…
—Hola, muy buenas. El amo de la casa, supongo
—dijo la cafetera dando un paso al frente y ofreciéndole
la manita al doctor.
—Creo que voy a tenderme un rato —dijo
Blackberrein antes de desaparecer.
—Está teniendo un mal día —intentó
justificarle Igor.
El
fuego del hogar crepitaba acogedor esparciendo en toda la estancia
un calorcillo la mar de agradable, mientras su luz anaranjada
relamía los ajados lomos de los volúmenes de medicina
que llenaban la biblioteca. Acomodados en sendos sillones de
orejas, Igor y Azkoyen paladeaban un oporto vintage mientras
charlaban distendidamente.
—…se hubieran casado dentro de un mes,
el mismo día que se conocieran diez años atrás.
Mi querido amigo, créame si le digo que nunca jamás
había visto a una pareja profesarse tanto amor, tanto,
que me atrevería a decir que era más que amor.
Pero los cielos debieron sentir envidia de semejante felicidad
y un funesto tropiezo lanzó a Isabelita al fondo de un
pozo, muriendo reblandecida al instante.
—Tremendo.
—Desde aquel funesto día mi amo ha
dedicado todo su tiempo, sus conocimientos y ha dilapidado la
fortuna familiar, para desafiar a las leyes de la Naturaleza
y arrancar a su amada de las garras de la parca. Justo antes
de su llegada se ha consumado el fracaso de tanto tiempo y esfuerzos.
—Descorazonador. Sin embargo tal vez no todo
esté perdido.
—¡Qué me dice!
—Debe saber, querido Igor, que me ocupa una
particular búsqueda. Una búsqueda de la que depende
mi futuro. Es costumbre en la casta bebo, la más poderosa
y adinerada de Rinconia, que durante el largo embarazo de sus
hembras, los varones demuestren su valía y capacidad
como futuros padres, atendiendo los peculiares antojos de sus
parejas. Mi mujer, una arpía de tomo y lomo, me ha pedido
con todo el mal aceite del mundo, un manjar rarísimo,
una fruta de la que según cuentan sólo queda una
pieza en todo el Universo. Si no consigo traerle el objeto de
sus anhelos antes de que para a mi hijo, ella se quedará
con todo mi dinero y posesiones y a mí me fundirán
y convertirán en cucharillas de postre.
»Tras meses de infructuosa búsqueda finalmente
descubrí que el Guachikei, pues así se llama dicha
fruta, se encuentra en este planeta. Sin embargo mi tiempo se
agotaba y no tenía tiempo de explorar toda la Tierra
antes de que se cumpliera el plazo. Ya lo daba todo por perdido,
cuando un ermitaño me desveló la existencia de
una montaña mágica en cuya cumbre se encuentra
una lámpara con un genio dentro. Un genio que concederá
tres deseos a quienes le liberen de su encierro. Hacia allí
me dirijo para pedirle que me proporcione la única pieza
existente de Guachikei.
—¿Y ese genio mágico podría
resucitar a mi prometida? —preguntó una voz desde
el umbral de la puerta, sobresaltándoles. El doctor Von
Blackberrein estaba cubierto de barro de pies a cabeza, y traía
una pala entre las manos.
—Desde luego —replicó Azkoyen
con seguridad.
—¿No es fantástico, señor?
—añadió Igor levantándose del sillón
y dejando disimuladamente su copa de oporto sobre la mesa.
—Dudo mucho que lo que no ha conseguido el
mayor genio que la pastelería ha dado a la medicina puedan
lograrlo estúpidas tradiciones folclóricas. Sin
embargo es bien sabido que la desesperación arrastra
al pastel hacia la charlatanería y las supercherías
y no voy a ser yo una excepción. ¿Cae muy lejos
esa montaña?
—Bastante. Pero si mañana consigo reparar
la avería de mi transporte, podríamos estar allí
en un par de jornadas. Yo tendré mi Guachikei y usted
a su Isabelita.
—Si me permiten la osadía… me
preguntaba si el tercer deseo, que aún no tiene adjudicatario,
lo podría dedicar un servidor a librarse de esta molesta
joroba…
La
nave de Azkoyen parecía un híbrido entre un panzer,
un zeppelín y una exprimidora. Un armatoste tremendamente
ruidoso, pero que se desplazaba a una velocidad de vértigo.
Mientras Von Blackberrein e Igor contemplaban asombrados los
monitores ante las que Azkoyen manipulaba extraños controles
y que les mostraban el paisaje sobre el que se desplazaban,
el futuro papá les ponía en antecedentes de los
peligros que les aguardaban en la montaña mágica.
—El único acceso a la montaña
es a través de un laberinto. Un laberinto custodiado
por un gigantesco minotauro que conoce todos y cada uno de los
recodos de sus dominios y que podría cruzarlo del derecho
y del revés con los ojos cerrados, sin perderse en su
interior ni una sola vez. Si lográramos salir con vida
de semejante encerrona todavía deberíamos superar
un segundo obstáculo. Un ejército de seres terribles
que custodian la lámpara y que morirán antes de
permitir que alguien tan siquiera la roce.
—¿Qué clase de seres? —se
aventuró a preguntar el doctor.
—Nadie lo sabe. Si alguien ha logrado superar
el laberinto y llegar a verlos no ha regresado con vida para
contarlo.
—¿Y qué le hace pensar que nosotros
lo haremos? —intervino Igor sin poder disimular su congoja.
—Nada en absoluto. Pero creo que convendrán
conmigo en que los tres tenemos un buen motivo para intentarlo.
El
viento gélido aullaba en la noche sin arrancar el menor
movimiento de las ramas de los árboles quemados que salpicaban
la ladera de la montaña mágica. El arco de entrada
al laberinto se abría ante ellos ofreciéndoles
una bienvenida bien triste.
Von Blackberrein todavía se frotaba la dolorida corteza
por el reciente mamporro. Su poco feliz idea de rodear la estructura
de piedra, le había llevado a sentir la existencia del
campo invisible que envolvía la montaña mágica
y que permitía salir, pero no entrar.
—A partir de este punto hay que mantener un
silencio sepulcral. El minotauro tiene un oído excelente
—les informó el bebo mientras engrasaba sus articulaciones
para que no chirriaran.
—¿Cuál es el plan? —quiso
saber Igor, en un intento desesperado por convencerse que todo
marchaba bien.
—Cualquier tonto sabe que el único
truco para encontrar la salida de un laberinto es girar todo
el rato hacia la izquierda o derecha según se prefiera.
Si el laberinto supusiera un verdadero obstáculo, maldita
la falta que haría poner un bicho cornudo vigilándolo
—sentenció el doctor cruzando bajo el arco sin
tan siquiera molestarse en comprobar si sus compañeros
le seguían.
Tras toparse de bruces con siete caminos sin salida
la autosuficiencia de Von Blackberrien había bajado varios
enteros.
—¡Por las guindas de mi madre! Este
laberinto está mal hecho.
—Bueno, en realidad su función es no
dejar pasar a la gente —repuso Igor, ganándose
una mirada fulminante de su amo.
—Bueno, bueno, que no cunda el pánico
—intervino el alienígena—. Ha llegado el
momento de utilizar esto —dijo sacando un cetrino pergamino.
—¿Qué es eso? —preguntó
el doctor.
—Un mapa del laberinto. Me lo dio el ermitaño
que les comenté.
Durante algunos segundos amo y señor le contemplaron
con una expresión, mitad incredulidad, mitad incomprensión.
—Sólo quería comprobar si su
teoría funcionaba, doctor. Simple curiosidad.
En menos de un minuto ya podían entrever
la salida del laberinto.
—¡Ahí está! —dijo
entusiasmado Igor.
—Y ni rastro del minotauro —apuntó
Azkoyen con su voz metálica. Pero apenas había
pronunciado estas palabras cuando un rugido desgarrador hendió
la noche. Ante el arco de salida apareció una bestia
que rondaría los tres metros de altura, cuernos incluidos.
Igor y Azkoyen emprendieron una huida desesperada. Huida a la
que Von Blackberrien no se unió.
—¿Pero qué hace?
—Habrá perdido la chaveta.
El doctor esperó a que el minotauro se le
viniera encima para coger uno de los adoquines que formaban
las paredes y lanzárselo con saña. El pedrusco
golpeó la cabeza de la bestia, justo debajo de su cuerno
derecho. Furiosa, resopló dos veces antes de reemprender
la caza con renovado ímpetu.
Un minuto después los tres compañeros se detenían
agotados.
—Estamos perdidos —apuntó Igor
optimista.
—Él lo está más —respondió
el doctor sonriente.
—Creo que no le entiendo —dijo Azkoyen.
—Le acabo de aturdir el hemisferio derecho
del cerebro por un buen rato. Ahí reside el sentido de
la orientación. Nosotros tenemos el mapa, él está
perdido.
Tal y como había aventurado Von Blackberrien,
salieron del laberinto sin toparse de nuevo con su guardián.
Celebraron la gesta con algunos abrazos y achuchones, pero todavía
era pronto para cantar victoria. Había que llegar a la
cima de la montaña y ninguno de los tres había
olvidado la temible horda que les podía estar acechando
desde cualquier rincón. Con la Luna por toda iluminación,
reemprendieron la marcha.
Llegaron a la cima sin que nada ni nadie les saliera al paso.
Allí, sobre un pedestal de mármol, les aguardaba
una lámpara dorada.
—Lo del ejército guardián serán
sólo habladurías —sostuvo Igor sin convicción.
Por toda respuesta Azkoyen escrutó la oscuridad circundante
desconfiado.
—Usted primero —le invitó Von
Blackberrien. Tras un toma y daca de cortesía, el bebo
accedió. Frotó con suavidad la lisa superficie
hasta que un tipo calvo y cachas apareció entre nubes
azules como mandaban los cánones. Lo que ya no resultaba
tan usual es que estuviera zampándose un bocadillo de
mortadela.
—¡Me cagon to lo que se menea! ¿Pero
es que aquí ya nadie respeta los horarios, joder?
—¿Horarios? —logró decir
Azkoyen.
—El convenio, joder. Los convenios se firman
para algo ¿no? A ver ¿qué hora es?
—Las once y media —respondió
Igor.
—De nueve a dos y de cuatro a siete. Eso dice
el puto convenio.
—Muy bien —intervino Von Blackberrien—.
¿Y que dice el puto convenio sobre deseos del tipo: «vas
a ser mi esclavo sexual por el resto de tus días»?
Por toda respuesta el genio se atragantó.
—Soy todo oídos —logró
decir al fin.
En menos que canta un gallo, Azkoyen tenía
entre sus manitas el último Guachikei del Universo, cuyo
aspecto, era asombrosamente parecido a un algodón de
azúcar.
El ansiado reencuentro entre el doctor Von Blackberrien
y su prometida Isabelita fue tremendamente emotivo, y ni Igor
ni Azkoyen pudieron contener las lágrimas ante la alegría
desbordada de los amantes.
—¡Bizcochito mío! —no podía
dejar de sollozar la hermosa magdalena mientras llenaba de besos
la cobertura de moras de su amor.
—¡Cuánto he echado de menos tus
dulces caricias! —le respondía él.
Tanta pasión desbordada terminó por
despertar a aquellos cuyo sueño nunca debió ser
perturbado.
De repente pareció que mil cochinillos gritaran
al unísono camino del matadero y, como si de luciérnagas
se tratara, una miríada de iris refulgentes salpicaron
la oscuridad.
El doctor y su amada permanecieron abrazados escrutando alrededor.
Azkoyen temblaba tanto que parecía que estuviera tocando
una maraca e Igor no pudo evitar parapetarse tras el pedestal.
—Ya estamos otra vez —dijo el genio
con fastidio.
Tras algunos segundos se hizo el silencio. Luego,
el desagradable sonido regresó, al tiempo que pequeñas
formas salieron corriendo de todos lados en su dirección.
—¿Qué demonios son eso? —logro
preguntar Azkoyen.
—Zanahorias mutantes —respondió
el genio—. Lo peor. Devorarían un mamut en menos
de un segundo.
—¡Tu deseo, Igor! ¡Utilízalo!
—le instó el doctor.
—¡Genio, destrúyelas!
—No puedo hacer eso. No me es permitido eliminar
vida alguna —replicó el cachas con parsimonia —.
Os jodéis.
La alocada carrera de las hortalizas caníbales
ya casi les había llevado a rodear su posición.
Eran millones que se perdían más allá de
lo que la vista podía abarcar.
—¡Maldita sea! —dijo el doctor,
incapaz de creer que fuera a perder a su amada tan pronto la
había recuperado.
—¡Conejos! —exclamó el
cruasán jorobado—. Una lluvia de conejos.
—¿Ese es tu deseo?
—¡Rápido!
—¿De algún color en particular?
—le vaciló el genio por aquello de tocar las narices.
—¡Blancos!
La
batalla fue digna de ser rememorada por los cantares de gesta.
Las zanahorias mutantes intentaron ofrecer resistencia, pero
el apetito voraz de sus orejones enemigos no les dio la menor
oportunidad y pronto se vieron obligadas a batirse en retirada,
acompañadas por sus chillidos histéricos, que
esta vez tenían un matiz de desesperación.
Tan pronto les hubieron concedido sus tres deseos,
el genio y su lámpara desaparecieron para siempre.
—Siento lo de su deseo —intentó
consolar Azkoyen a Igor.
—Te debemos la vida —reconoció
Von Blackberrien.
—Siempre hay alguien que acaba jorobándose
por el bien común —añadió Isabelita
sin saber que acababa de ganarse otra caída al pozo del
jardín.
© Enric Herce Escarrà